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martes,21 oct 2014
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Se jubilan los dos últimos trabajadores cubanos de la Base de Guantánamo Imprimir E-mail

Miércoles, 02 de Enero de 2013 09:51
Harry Henry y Luis La Rosa celebran su jubilación. | Dpto. de Defensa de EEUU

Harry Henry y Luis La Rosa celebran su jubilación. | Dpto. de Defensa de EEUU


El lunes no fue solo el último día del año, fue también la jornada laboral final de los dos trabajadores cubanos que quedaban en la Basa Naval de Guantánamo, territorio bajo administración estadounidense al este de Cuba.

Harry Henry, de 82 años, y Luis La Rosa, de 79, cruzaron por última vez la garita noroeste de la cerca de la base alrededor del mediodía, caminaron dos kilómetros en tierra de nadie, abordaron un coche proporcionado por el Gobierno cubano y volvieron a sus casas, en la ciudad de Guantánamo. El mismo camino que recorrieron diariamente en los últimos 52 años, desde que en 1960 Fidel Castro cortó los nexos con la base e impidió la aproximación de vehículos a la cerca estadounidense.

Los dos hombres son los supervivientes de una casta rara en la isla comunista: los trabajadores que el Gobierno dejó que siguieran trabajando en la base pese al cierre de comunicaciones. Ambos fueron contratados antes de la llegada al poder de Castro. Henry a los 17, y La Rosa cuando tenía 26. El primero comenzó como soldador y terminó la carrera trabajando como empleado de mantenimiento en el centro comunitario de la base. Y su colega, siempre fue uno de los mecánicos de la instalación.

La semana pasada, los dos fueron agasajados por el personal militar estadounidense y, en un gesto muy inusual por parte del Gobierno cubano, fueron autorizados a llevar a la base a sus familiares. Hubo una fiesta con derecho a un gigantesco pastel, los condecoraron con la Medalla Civil al Mérito y les entregaron sus certificados de retiro. Hasta un grupo de niños del personal de la base les prodigó una selección de villancicos navideños.

Harry Henry y Luis La Rosa.

Harry Henry y Luis La Rosa.

"Ustedes han dado tanto a esta base que ya son parte de la familia de la Base Naval de Guantánamo", dijo el capitán de la Armada, J.R. Nettleton, jefe del establecimiento militar. Los dos trabajadores también recibieron el llamado 'bastón del caminante', una tradición creada en 1960, cuando se creó la tierra de nadie y los trabajadores cubanos comenzaron a tener que caminar los dos kilómetros. Por décadas, el bastón fue pasando de mano en mano entre los trabajadores siempre que alguno se retiraba.

Desde que en 1960 quedó prohibida la aproximación directa a la base, diariamente los trabajadores cubanos seguían la misma rutina para ir a trabajar. Un autobús los recogía en sus casas, tras una hora de carretera los dejaba delante de la garita cubana, desde donde caminaban por tierra de nadie hasta la garita estadounidense. Una vez allí, entregaban sus documentos de identidad cubanos y recibían una identificación de la base. Y a trabajar. Al final de la jornada, la rutina se repetía al revés.

"Esto era una rutina para nosotros, pero hay veces siento que vivo entre dos mundos", dijo Henry, durante la ceremonia de retiro.

Cuestión de voluntad

Por la Base Naval de Guantánamo pasaron, desde su creación en 1903, miles de trabajadores cubanos. En 1959, se calcula que trabajaban en ella unos 500. Pero tras varios actos políticos por parte de Castro, unos 400 decidieron no volver a trabajar en ella al apoyar al régimen naciente. En 1999, quedaban 18, según cifras del departamento de Defensa. Ningún trabajador fue reclutado después que Castro llegó al poder.

El lunes, los dos últimos se jubilaron y, al mismo tiempo, nació un nuevo problema. Todos los trabajadores de la base siempre fueron considerados para los estadounidenses como 'empleados federales' y, por ende, acumularon para sus pensiones de retiro. Antes de la Revolución Cubana ninguno de ellos tuvo problemas en cobrarlo. Pero después de 1960, las cosas se complicaron.

Con la creación del 'embargo económico', la prohibición de transferir dinero de EEUU a la isla, y la ausencia de relaciones diplomáticas, las autoridades de la base tuvieron que crear mecanismos para hacer llegar las pensiones a los jubilados que viven en Cuba, sin violar el embargo. La forma más popular, que se usó hasta ahora, fue la de entregar el dinero en efectivo cada dos semanas a un trabajador quien, a su vez, lo hacia llegar a los interesados.

Pero con la jubilación de Henry y La Rosa, ese canal ha desaparecido. El lunes, llevaron el último efectivo a los pocos colegas que aún quedan vivos en Cuba. A partir de ahora, ni ellos saben con seguridad si algún día van a poder cobrar sus propia pensiones tras 61 y 55 años de trabajo, respectivamente.

El capitán Nettleton ha avanzado una idea, pero depende de la buena voluntad de las autoridades cubanas. "Una posibilidad es que de algún modo nuestra gente le entregue el dinero en efectivo a los soldados cubanos a través de la cerca. Pero no sé si será posible", dijo el jefe de la Base.

Todos los meses, militares de ambos países se reúnen delante de una de las garitas donde intercambian informaciones, mayormente relacionados con asuntos de seguridad y para evitar conflictos o malentendidos. Pudiera ser la solución al problema de las pensiones de los trabajadores de la base.

Para Jonathan M. Hansen, autor del libro 'Guantánamo: An American History', el asunto de las pensiones es un reflejo de "las complicaciones de la larga historia de EEUU en la base", atrapada en el conflicto entre los dos países.

"Toda historia agradable que viene de ese lugar tiene una parte oscura en ella. En realidad no me sorprendería que no vayan a recibir esas pensiones", dice Hansen.